El origen del lavavajillas

Realizar las tareas del hogar es un trabajo bastante fastidioso que la mayoría de las personas aceptamos a regañadientes. A pesar de ello hay que reconocer que, gracias a que vivimos en el siglo XXI, contamos con la ayuda de unos aparatos llamados electrodomésticos que nos facilitan mucho la vida.

Uno de los más habituales en nuestras casas es el lavavajillas o lavaplatos. Su función es la de lavar y dejar bien secos los platos, vasos, bandejas, cubiertos y otros utensilios de cocina.

Este genial invento se lo debemos a una mujer  estadounidense llamada Josephine Cochrane (Ohio, 1839 – Chicago, 1913). En contra de lo que puedas imaginar no fue una científica ni una ingeniera, sino una elegante señora que estaba casada con un hombre de negocios que también se dedicaba a la política.

Josephine vivía rodeada de comodidades. Sobra decir que no tocaba una escoba ni fregaba   nada porque podía permitirse tener personal de servicio en su domicilio. Entonces ¿por qué inventó el lavavajillas? ¡La razón te va a sorprender!

Resulta que la dama organizaba en su casa comidas a las que acudían personas muy importantes y distinguidas de la alta sociedad. Esos días quería que todo estuviera perfecto para recibir a sus invitados, y entre otras cosas, mandaba a sus sirvientes  poner  en la mesa una lujosa, carísima y antigua vajilla de porcelana china que tenía reservada para las ocasiones especiales.

El problema venía a la hora de lavar los platos pues eran tan delicados que, al manejarlos en las cocinas, siempre se rompía alguno. La buena mujer se disgustaba muchísimo porque eran piezas irremplazables. Harta de la situación, se puso a pensar en un sistema que los pudiera lavar sin dañarlos.

Corría el año 1886 cuando, después de darle muchas vueltas al asunto, diseñó un artilugio muy original. Se trataba de una caldera de cobre con una rueda que se movía gracias a un pequeño motor. Sobre la rueda había compartimentos donde se colocaban los platos, los vasos y las tazas. Todo este sistema giraba, y mientras lo hacía, a través de unos tubos entraba agua jabonosa y caliente a presión que limpiaba la suciedad sin necesidad de frotar ni manipular la vajilla.

Josephine acababa de convertirse en la inventora de un aparato genial: El  ‘Lavavajillas Cochrane’. Deseando mostrárselo a todo el mundo lo presentó en la Exposición Universal de Chicago en 1893 y ganó el Premio al Mejor Invento. Es más, la idea gustó tanto, que se animó a montar una empresa para fabricar los primeros lavavajillas del mercado.

Al principio estos novedosos aparatos no tuvieron éxito entre las amas de casa, sino entre los dueños de restaurantes y hoteles, quienes los compraron para instalarlos en sus negocios.

Fue muchas décadas después, en los años sesenta y setenta, cuando este práctico invento se perfeccionó y se convirtió en un elemento casi imprescindible en los hogares de todo el mundo. Desgraciadamente, Josephine no vivió para verlo.

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