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El mercader de sal y el asno

Fabula Mercader Sal Asno

Cuento El mercader de sal y el asno: adaptación de la fábula de Esopo.

 

Érase una vez un mercader que se ganaba la vida comprando sacos de sal a buen precio para luego venderlos en diferentes pueblos de la comarca.

El negocio no le iba mal y solía ganar un buen dinerito, pero  de tanto cargar peso empezó a tener fuertes molestias en la espalda y en las piernas.

Una mañana se levantó tan dolorido que decidió poner fin a la situación. Después de asearse y beber un buen vaso de leche, se dirigió al mercado y compró un asno joven y robusto.  Al salir de la tienda acarició su peluda cabeza gris y le habló como si le pudiera entender.

Amigo, a partir de hoy yo seré la cabeza pensante y tú quien transporte la mercancía. Ya tengo setenta años y me duele el cuerpo al mínimo esfuerzo que hago. ¡Estoy seguro de que repartiéndonos el trabajo las cosas nos van a ir muy bien y obtendremos mejores ganancias!

Dicho esto, el hombre se acercó al puerto como todos los días y compró varios sacos de sal que ató al lomo de su nuevo compañero de fatigas.

Juntos abandonaron la ciudad, tomaron la senda que rodeaba el bosque, y se encontraron con que debían atravesar un río que tenía el fondo empedrado. El asno, torpe por naturaleza y poco acostumbrado a caminar sobre aguas, pisó mal y resbaló. ¡El pobre no pudo evitar caerse panza arriba y empaparse hasta el último pelo! Como te puedes imaginar, el líquido también traspasó la tela de los sacos y la sal que iba en su interior se disolvió, tiñendo de blanco la corriente.

El mercader se echó las manos a la cabeza y empezó a lamentarse.

¡Oh, no, qué mala suerte! ¡He perdido toda la sal que acabo de comprar! ¡¿Qué voy a hacer ahora?!…

Por el contrario, el asno,  al verse liberado de la pesadísima carga, notó que sus músculos se relajaban y salió del río sintiéndose ligero como una gacela.

‘¡Esto es genial! … ¡No soporto el agua fría, pero al menos no tengo que seguir llevando esos horribles sacos de sal que pesan más que un elefante africano!’

Durante un par de minutos el comerciante calibró la situación y finalmente determinó volver a la ciudad.

¡Vamos, borrico, tenemos que regresar a por más sal! Vivo de esto, y como no haga una buena venta antes de que anochezca habré