La joroba del dromedario

Cuento popular La joroba del dromedario

Adaptación del cuento de Rudyard Kipling

Al principio de los tiempos no existían los medios de locomoción modernos que ahora tenemos. Si los seres humanos querían transportar semillas para plantar en algún lugar, acarrear utensilios para cultivar la tierra, o llevar piedras de un lado a otro  para construir casas, necesitaban la ayuda de los animales.

Cuenta una leyenda tradicional que, en un pueblo de África, vivía un campesino que trabajaba sin descanso en compañía de cuatro animales: un caballo, un burro, un perro y un dromedario. A los cuatro los quería mucho y entre ellos parecían llevarse muy bien,  hasta que el dromedario empezó a desentenderse de las labores domésticas.

Mientras sus compañeros de fatigas trabajaban duro, él se tumbaba al sol y pasaba las horas mascando hierba y contemplando el paisaje. Cuando llegaba la noche, el caballo, el burro y el perro, terminaban la jornada laboral sin poder mover un solo músculo de puro agotamiento. El dromedario, en cambio, aprovechaba la luz de la luna para dar largos y relajantes paseos, pues de cansancio, nada de nada.

Llegó un momento en que a los tres animales les indignó el comportamiento de su amigo caradura y fueron a recriminarlo. El caballo, por ser el mayor, tomó la palabra.

– ¡Eh, oye, tú! ¿No te da vergüenza vivir como un rey mientras nosotros nos partimos la espalda trabajando?

El dromedario, con una tranquilidad pasmosa, contestó con una sola palabra:

– ¡Joroba!

El caballo, el burro y el perro se quedaron anonadados. El burro, pensando que quizá no había oído bien, habló:

– ¿Se puede saber por qué no trabajas como los demás? ¡Estamos muy enfadados contigo!

El dromedario no se movió ni un centímetro  y tan sólo frunció un poco la boca para murmurar  entre dientes:

– ¡Joroba!

Los ánimos empezaron a calentarse. El perro gruñó, dio unos giros sobre sí mismo para intentar tranquilizarse un poco, y dijo a sus camaradas:

– ¡Esto es el colmo! ¡Vayamos a quejarnos a nuestro amo y que tome cartas en el asunto!

Los tres en fila india acudieron en busca del campesino, que andaba muy atareado llenando un caldero en el manantial. El hombre atendió sus quejas y tuvo que darles la razón. Ciertamente, el dromedario llevaba una temporada en plan vago y con una actitud muy comodona que no se podía consentir.

En grupo se acercaron al animal, que ahora estaba tumbado bajo un árbol mirando con cara bobalicona el desfilar de las hormigas. El amo levantó la voz y le riñó en voz alta.

– ¿Te parece bonito ser tan insolidario? Aquí todos nos esforzamos  para poder vivir con dignidad ¡Mueve el culo y ponte a trabajar!

El dromedario, con un gesto apático, dijo:

– ¡Joroba!

El hombre se convenció de que era imposible razonar con ese animal tan grande como gandul. Muy enfadado, tomó una polémica decisión.

– Vuestro amigo no quiere colaborar, así que sintiéndolo mucho, vosotros tendréis que trabajar el doble para compensarlo.

El caballo, el burro y el perro se indignaron ¡No era justo! Ellos cumplían con sus tareas y no tenían por qué hacer el trabajo de un dromedario estúpido y remolón. Se fueron de allí echando chispas y una vez lejos, se sentaron a deliberar sobre lo ocurrido.

En eso estaban cuando por su lado pasó un genio del desierto que intuyó que algo sucedía. Muy intrigado, se paró a charlar con ellos. Los animales, con cara compungida,  le contaron lo mal que se sentían a causa de la conducta del dromedario y la decisión de su amo. Afortunadamente, el genio, que sabía escuchar y procuraba ser siempre justo, les ofreció su ayuda para resolver  cuanto antes el espinoso tema.

Regresaron en busca del dromedario y lo encontraron, como era habitual, tumbado a la bartola. El genio, le increpó:

– ¡Veo que lo que me acaban de contar tus amigos es cierto!

El dromedario miró de reojo y por no variar, masculló:

– ¡Joroba!

El genio apretó los puños y se puso rojo como un tomate de la rabia que le invadió.

– ¡¿Con que sigues en tus trece?! ¡Muy bien, te daré tu merecido!

Movió las manos, dijo unas palabras que nadie entendió, y de repente, el lomo del dromedario empezó a inflarse e inflarse hasta que se formó una enorme joroba. El genio, sentenció:

– A partir de ahora, cargarás con esta giba día y noche y te alimentarás de ella. No tendrás que comer a diario porque ahí llevarás tu reserva de alimento. Esto significa que trabajarás para los demás, para que tus amigos puedan conseguir comida, y no para ti mismo ¡Es tu castigo por haber sido tan egocéntrico!

– Pero yo…

– ¡Nada de peros! ¡Ponte ahora mismo a trabajar o te impondré una sanción muchísimo peor!

El dromedario consideró que ya tenía escarmiento suficiente y se puso a faenar codo con codo con los demás. Desde entonces, todos los dromedarios del mundo cumplen con sus cometidos y a veces sudan la gota gorda porque deben llevar a la espalda una incómoda joroba que, seguramente,  pesa un montón.