El campesino y el diablo

Cuento infantil clásico El campesino y el diablo

Adaptación del cuento de los Hermanos Grimm

Érase una vez un campesino famoso en el lugar por ser un chico muy listo y ocurrente. Tan espabilado era que un día consiguió burlar a un diablo ¿Quieres conocer la historia?

Cuentan por ahí que un día, mientras estaba labrando la tierra, el joven campesino se encontró a un diablillo sentado  encima de unas brasas.

– ¿Qué haces ahí? ¿Acaso estás descansando sobre el fuego? – le preguntó con curiosidad.

– No exactamente – respondió el diablo con cierta chulería – En realidad, debajo de esta fogata he escondido un gran tesoro. Tengo un cofre lleno de joyas y piedras preciosas y no quiero que nadie las descubra.

– ¿Un tesoro? – El campesino abrió los ojos como platos – Entonces es mío, porque esta tierra me pertenece y, todo lo que hay aquí, es de mi propiedad.

El pequeño demonio se quedó pasmado ante la soltura que tenía ese jovenzuelo ¡No se dejaba asustar ni siquiera por un diablo! Como sabía que en el fondo el chico tenía razón, le propuso un acuerdo.

– Tuyo será el tesoro, pero con la condición de que me des la mitad de tu cosecha durante dos años. Donde vivo no existen ni las hortalizas ni las verduras y la verdad es que estoy deseando darme un buen atracón de ellas porque me encantan.

El joven, que a inteligente no le ganaba nadie, aceptó el trato pero puso una condición.

– Me parece bien, pero para que luego no haya peleas, tú te quedarás con lo que crezca de la tierra hacia arriba y yo con lo que crezca de la tierra hacia abajo.

El diablillo aceptó y firmaron el acuerdo con un apretón de manos. Después, cada uno se fue a lo suyo. El campesino plantó remolachas, que como todos sabemos, es una raíz, y cuando llegó el momento de la cosecha, apareció el diablo por allí.

– Vengo a buscar mi parte – le dijo al muchacho, que sudoroso recogía cientos de remolachas de la tierra.

– ¡Ay, no, no puedo darte nada! Quedamos en que te llevarías lo que creciera de la tierra hacia arriba y este año sólo he plantado remolachas, que como tú mismo estás viendo, nacen y crecen hacia abajo, en el interior de la tierra.

El diablo se enfadó y quiso cambiar las condiciones del acuerdo.

– ¡Está bien! – gruñó – La próxima vez será al revés: serás tú quien se quede con lo que brote sobre la tierra y yo con lo que crezca hacia abajo.

Y dicho esto, se marchó refunfuñando. Pasado un tiempo el campesino volvió a la tarea de sembrar y esta vez cambió las remolachas por semillas de trigo. Meses después, llegó la hora de recoger el grano de las doradas espigas. Cuando reapareció el diablo dispuesto a llevarse lo suyo, vio que el campesino se la había vuelto a dar con queso.

– ¿Dónde está mi parte de la cosecha?

– Esta vez he plantado trigo, así que todo será para mí – dijo el muchacho – Como ves, el trigo crece sobre la tierra, hacia arriba, así que lárgate porque no pienso darte nada de nada.

El diablo entró en cólera y pataleó el suelo echando espuma por la boca, pero tuvo que cumplir su palabra porque un trato es un trato y jamás se puede romper. Se  fue de allí maldiciendo y el campesino listo, muerto de risa, fue a buscar su tesoro.


 

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