El viejo perro cazador

Fábula de el viejo perro cazador

Adaptación de la fábula de Esopo

Había una vez un hombre que vivía con su perro en una casa apartada de la ciudad. Se había criado en las montañas y era muy aficionado a la caza. Por supuesto, el chucho siempre le acompañaba, dispuesto a pasar un rato divertido con su querido dueño ¡A los dos les encantaban esos días al aire libre! Juntos paseaban, compartían la comida, bebían agua de fuentes naturales  y disfrutaban de largas siestas.

Pero no todo era descansar. Cuando tocaba, el perro se adelantaba a su amo y husmeaba el terreno en busca de posibles presas. Estaba atento a cualquier sonido  y vigilaba concienzudamente a su alrededor,  por si algún incauto animal se dejaba ver por allí. El amo confiaba plenamente en el instinto de su perro ¡Jamás había tenido uno tan fiel y espabilado como él!

 Pero con el paso de los años, el perro envejeció. Dejó de ser fuerte, dejó de ser ágil,  y ya no estaba  dispuesto a salir disparado cuando veía a una liebre o una perdiz.  Últimamente se quejaba de que los huesos le crujían en cuanto hacía un pequeño esfuerzo. Su tripa había engordado tanto, que en cuanto corría un poco se sofocaba. Tampoco andaba ya muy bien de la vista y el oído le fallaba cada dos por tres. A pesar de todo, seguía sintiéndose un perro cazador y nunca dejaba que su amo saliera sólo al campo.

Una tarde, el perro avistó un orondo jabalí. Levantó la punta de las orejas, miró a su amo de reojo y salió corriendo lo más rápido que fue capaz hacia la magnífica presa. El incauto jabalí no le vio llegar y, de repente, sintió cómo unos colmillos se le clavaban en su oreja derecha. Por desgracia para el perro, sus dientes ya no eran afilados y fuertes como antaño. Tenía la boca medio desdentada y la mandíbula había dejado de ser como un implacable cepo. Por mucho que gruñó y apretó, el jabalí dio un par de sacudidas y escapó con una herida sin importancia.

En ese momento apareció el dueño; encontró al perro jadeando y con un ataque de tos ¡El pobre casi no podía respirar de tanto esfuerzo que había hecho! En vez de conmoverse, le reprendió.

– ¡Eres un desastre! ¡Se te ha escapado el jabalí! ¡Ya no sirves para cazar!

El animal le miró lastimosamente y le dijo:

– Querido amo… Sigo siendo el mismo perro fiel y cariñoso de siempre con el que usted ha pasado tantos buenos momentos. Lo único que ha cambiado, es que ahora soy mayor y mi cuerpo ya no responde como cuando era joven. Debes recordar lo que he sido para ti, todo lo que hemos vivido juntos, en vez de increparme porque ahora las fuerzas me fallen.

El amo recapacitó y sintió mucha ternura por ese animalito al que tanto quería. Tenía razón: el amor hacia él estaba por encima de todo lo demás.  Sonriendo, acarició el lomo de su viejo amigo y, despacito, regresaron a casa.

Moraleja: respeta siempre a los ancianos. Aunque su cuerpo haya envejecido, siguen siendo las mismas personas de siempre, llenas de sentimientos y experiencias. Se merecen más que nadie que reconozcamos todo lo que han hecho por nosotros a lo largo de su vida.