El rey y el halcón

Cuento popular el rey y el halcón

Adaptación del cuento popular de Mongolia

Hace cientos de años existió un rey que gobernaba un enorme imperio. Durante años había ganado muchas batallas y, fueron tantas sus victorias, que logró conquistar muchos territorios que ahora estaban bajo su mandato.

Siempre andaba muy ocupado dirigiendo los asuntos de estado o guerreando con otros pueblos, pero de vez en cuando se tomaba un descanso y practicaba su actividad favorita, que era la caza ¡Esos momentos eran los que más disfrutaba!

 Seguido por un gran séquito de ayudantes, se adentraba en el bosque y se enorgullecía de capturar las mejores presas. Sobre su brazo, siempre llevaba un halcón manso y fiel. El rey en persona se había encargado de adiestrarlo con esmero para que le ayudara a localizar desde el aire los animales a los que abatir.

Un día que la jornada de caza había terminado y empezaba a anochecer, el rey y sus acompañantes tomaron el camino de regreso. En un despiste, el monarca se separó del grupo. Cuando se dio cuenta de que se había quedado solo, intentó orientarse y tomó un camino por el que nunca había pasado.

Había sido un día de mucho calor y después de cabalgar durante largo rato, tuvo mucha sed. No llevaba ni gota de agua y por allí no se veía ningún manantial de agua fresca.

De repente, algo le llamó la atención. De una roca medio escondida, brotaban lentamente unas gotitas de agua que bajaban de la montaña. Bajó de su caballo y cogió un cuenco que llevaba en su bolsa de armas. Tardó mucho en llenar el recipiente, pero cuando tuvo suficiente agua para dar un trago, se lo acercó a la boca.

En ese momento, su querido halcón saltó sobre el tazón y con el pico, se lo quitó de las manos. El rey contempló impotente cómo el agua se derramaba y era absorbida por la tierra seca bajo sus pies. Enfurecido amenazó al halcón, que se había posado en una roca donde el rey no podía alcanzarle.

Limpió la taza con la tela de su manga y procedió a llenar de nuevo el cuenco. El agua caía lenta y esto le desesperaba ¡Estaba muerto de sed! Cuando por fin lo consiguió y quiso beber, el halcón remontó el vuelo y con una rapidez pasmosa, empujó el tazón haciéndolo caer. Esta vez el golpe fue tan fuerte que se hizo añicos.

¡El soberano se enfadó muchísimo! Maldijo al pobre animal  y, en un ataque de ira, desenvainó la espada y se la clavó en el pecho. El halcón cayó al suelo fulminado. Pensaba que, a pesar de que le quería mucho, no podía consentir ese comportamiento. Se agachó para recoger los pedazos de taza que habían caído junto a la roca y se quedó petrificado. Una enorme serpiente venenosa se acercaba a él peligrosamente y estaba a punto de lanzarse a su cuello.

El soberano dio un salto hacia atrás y corrió en busca de su caballo para alejarse de allí. No había conseguido beber, pero ni siquiera se lamentaba de su sed. Sólo pensaba en su amigo el halcón, que había visto la serpiente venenosa junto a él e intentó avisarle como pudo para que se alejara de la roca. Le había salvado la vida y él le había pagado con la muerte. Le invadió la tristeza y un gran sentimiento de culpabilidad.

Durante el resto de su vida echó de menos a su fiel compañero de caza. No pasó un día en que no le recordara con cariño. Nunca volvió a comportarse como un hombre que hace las cosas sin antes pensarlas dos veces. De la tragedia aprendió que, en la vida, no debemos actuar por impulsos y que las decisiones  importantes siempre hay que tomarlas después de reflexionar.